La bondad entretejida en los gestos rutinarios,
y en las pequeñas acciones cotidianas,
es capaz de despertar en cada vida,
la urgencia humanizadora en lo ordinario.
Con bondad podemos hacer milagros,
es el amor siempre saludable
es estar presente a los demás
con una afirmación entrañable,
de acogida y bienestar estable.
Los desajustes familiares y sociales que vivimos,
tantas personas invisibilizadas por la soledad,
las brechas sociales de desigualdad …
sólo puede iniciar una aventura de sanación
con proximidad, cariño y bondad del corazón.
Ellos solicitan de alguien que los salude con calma,
alguien que se acerque, les pregunte, se interese …
que escuche con detenimiento su presente,
para experimentar la dicha de saberse con alma,
sentir que, en sus momentos de mayor desesperanza,
cuentan para alguien, que importan a alguien,
cambian sus vidas y vuelven a tener sentido la confianza.
La bondad germina en el silencio del corazón,
brota sencillamente de una vida que ama,
desarrollando la capacidad de ofrecer ayuda
aprendiendo a escuchar al otro con calma.
Se acerca a tocar con toda suavidad,
a mirar y hablar con sensibilidad,
acogiendo y entendiendo que cada vida,
requiere ser tratada con dignidad.
La bondad es la sombra proyectada de nuestro amor a Dios. Esta sombra visible a los ojos de los hombres tiene que ser reflejo de su presencia amorosa.







