es la virtud que se practicar cuando todo ha fallado.
Y corresponde al anhelo de felicidad del corazón.
Nos ayuda a mantener la estabilidad en medio de la tormenta,
pero no nos promete quitarnos los problemas, las dificultades,
por ello, simbólicamente con un ancla se representa.
La esperanza cristiana es un «encargarse de la realidad»,
Es bueno tener lugares donde compartir nuestra fe,
lugares donde alentar e impulsar la confianza,
donde experimentar la ayuda concreta y desinteresada,
donde la fraternidad impulse y estimule nuestra esperanza,
en medio de nuestra realidad sufriente y desconsolada.
Tomando en serio el suelo en que vivimos,
sembrar de esperanza, la humanidad angustiada.
Los momentos de pobreza, fracaso o fragilidad,
son oportunidades para practicar la confianza,
que no se apoya en las propias capacidades,
sino en las promesas de Dios y su fidelidad,
es Él quien nos impulsa a vivir con esperanza.
No esperamos porque lo veamos claro,
sino porque confiamos en quien nunca falla.
Del mal que está en mi vida presente,
aun del mal que he sufrido,
e incluso del mal que he cometido,
se puede salir triunfalmente.
Porque estas realidades nos rompen,
nos dividen, nos deja sin expectación.
Pero el cristiano conoce la solución,
hay que pedirla en la oración,
¡Señor, aumenta mi esperanza!
con la certeza de obtenerla,
si perseveramos con confianza.
Solo la esperanza me da la fortaleza de seguir
y si decimos que la esperanza no defrauda
es porque creo que para Dios nada es imposible.
Oremos con perseverante confianza.
“Cuando la vida parece haberse apagado, bloqueado, he aquí que el Señor Resucitado pasa de nuevo, hasta el fin de los tiempos, y camina con nosotros y por nosotros. Él es nuestra esperanza”. León XIV