LA JUSTICIA

El justo ama el bien y evita el mal.

  El justo tiene sed de justicia

por eso odias la perversidad.

Da a cada uno lo que es suyo,

como instrumento clave para construir

el bien común en cualquier sociedad.

La justicia brota de la dignidad de la persona,

pone en el centro su valor incondicional,

y le protege frente de cualquier conflicto

que puede surgir de la acción individual.

La justicia de las autoridades públicas

en su ejercicio al servicio de la población,

tienen que respetar plenamente el derecho

 y la dignidad de cada persona de la nación.

Hay que salir del juego de los privilegios

y de la ley del más fuerte,

donde el poderoso hunde al débil

y le despoja de sus derechos inherentes.

Es de justicia

 la protección de los derechos individuales,

mirar principalmente por los débiles y pobres.

Tenemos que decir no a una administración

de penuria, estrechez, inequidad y exclusión,

que mata los derechos fundamentales

de los más débiles de la nación.

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La justicia dispone «a respetar los derechos

de cada uno y a establecer en las relaciones

 humanas la armonía que promueve la equidad,

respecto a las personas y al bien común»

LA ACOGIDA

La acogida más básica es la del amparado,

es el cobijo que cura, socorre, ayuda,

vigilia, y velar por el necesitado.

Todo ser humano debe ser acogido,

es la urgencia que nuestro mundo precisa

y que merece el respeto de un acto sagrado.

 La verdadera acogida es abrirnos

 a las necesidades ajenas.

 No ignoremos la compasión

y la ternura que nos habita,

despertemos en nosotros

ese deseo de extender los brazos

 y sencillamente acoger a los hermanos.

La auténtica hospitalidad implica generosidad,

frente a la hostilidad creciente que vivimos;

hemos de ir tejiendo gestos de bondad,

apoyo, solidaridad, y hermandad.

Este sentido de acogida no se improvisa,

se va tejiendo poco a poco en la existencia,

 a través de gestos de complacencia

hacia los que nos necesitan,

sea cual sea la causa de sus carencias.

Seamos signo de fraternidad,

en un mundo roto y fragmentado

por la violencia y la indiferencia,

luchemos por una buena convivencia,

donde descubriremos lo sagrado.

El mundo humano se sostiene por la bondad.

Mientras existan personas que aman, ayudan,

compartan generosamente, se conmuevan

ante el dolor ajeno y acojan en sus vidas

las carencias fraternas, la esperanza no se perderá.

EL SEMBRADOR

El Sembrador de la vida no se cansa de echar semillas,

con un saco infinito donde su mano hacedora brilla,

 y esparce sus granos sobre toda la creación

como lluvia fértil sobre todos sin distinción.

Algunas cosechas dan lugar a jardines maravillosos,

personas y lugares que son dignos de admirar.

Son vergeles que crecen esplendorosos

cambiando verdaderamente la humanidad.

Pero el Sembrador sigue diseminando

 también donde no sé ve fruto,

porque su amor no tiene descanso.

Y aunque algunos las pisoteen en el asfalto,

o se pierdan entre escombros,

entre rencores, malentendidos,

 heridas que duelen demasiado…

Aunque a menudo, somos terreno infértil,

no se cansa nunca de esperarnos,

y no deja que su tarea sea estéril

a pesar de que le duele nuestro rechazo.

Y así continuamente, el Sembrador

no se cansa nunca de esperarnos,  

porque sabe que nuestra semilla,

dará fruto bajo el sol, tarde o temprano.

LA BONDAD

La bondad entretejida en los gestos rutinarios,

y en las pequeñas acciones cotidianas,

es capaz de despertar en cada vida,

la urgencia humanizadora en lo ordinario.

Con bondad podemos hacer milagros,

es el amor siempre saludable

es estar presente a los demás

con una afirmación entrañable,

de acogida y bienestar estable.

Los desajustes familiares y sociales que vivimos,

tantas personas invisibilizadas por la soledad,

 las brechas sociales de desigualdad …

sólo puede iniciar una aventura de sanación

 con proximidad, cariño y bondad del corazón.

 Ellos solicitan de alguien que los salude con calma,

alguien que se acerque, les pregunte, se interese …

que escuche con detenimiento su presente,

para experimentar la dicha de saberse con alma,

sentir que, en sus momentos de mayor desesperanza,

cuentan para alguien, que importan a alguien,

cambian sus vidas y vuelven a tener sentido la confianza.

La bondad germina en el silencio del corazón,

 brota sencillamente de una vida que ama,

 desarrollando la capacidad de ofrecer ayuda

aprendiendo a escuchar al otro con calma.

Se acerca a tocar con toda suavidad,

a mirar y hablar con sensibilidad,

acogiendo y entendiendo que cada vida,

requiere ser tratada con dignidad.

La bondad es la sombra proyectada de nuestro amor a Dios. Esta sombra visible a los ojos de los hombres tiene que ser reflejo de su presencia amorosa.                

EL BIEN Y EL MAL

Hay algo común a todas las personas,

 nuestra capacidad para el bien y para el cuidado,

y a la vez esa posibilidad latente del mal

de lastimar y rechazar a otro ser humano.

Nos hermanamos, en la misma condición:

sufrimos los mismos miedos, la misma debilidad,

 la misma torpeza para amar,

el mismo anhelo, la misma ansiedad…

y terminamos por rendirnos

ante los límites de nuestra frágil humanidad.

La verdadera transformación se da en nosotros

cuando empezamos a intuir nuestra condición,

cuando comprendemos que en otras circunstancias

habríamos estado en la oposición,

cuando reconocemos que no somos diferentes

de aquellos a los que hoy son nuestros oponentes,

que no somos mejores ni peores en la misma situación.

Hemos de llegar a comprender que el mal,

que combatimos afuera, está también en nosotros.

 Esas injusticias que nos escandalizan

 y nos duelen, la sentimos en el fondo del corazón,

pero a su vez el anhelo de bondad, ternura, compasión…

están también en lo mejor de nuestro interior,

grabados en la entraña más íntima,

de ahí nuestra esperanza de un mundo mejor.

Hemos de buscad relaciones de comprensión y cercanía,

para ir en dirección de la bondad del corazón,

en lo pequeño y cotidiano de cada día.

No podemos dejar escapar ninguna oportunidad,

luchemos por descubrir nuestro potencial

para ir construyendo una sana humanidad.

Por una buena convivencia:

  Olvidemos lo que nos separa y cultivemos lo que nos une, creando

espacios en los que se da el perdón y se asumen las fragilidades.

EL PRECIO DEL AMOR

El auténtico amor es gratuito.

Ama sin condiciones,

por encima de la respuesta,

sin esperar ser correspondido.

Amar sin prejuicios, ni intereses.

Amar sin pretender beneficiarse,

sin exigencias que manipulen

la libertad del ser amado.

El amor incondicional es gratuito.

Siempre busca el bienestar

y el crecimiento del amado.

Siempre deja al amado ser libre,

se alegrar con sus aciertos

y le ayuda en sus errores.

El amor verdadero respeta al amado,

le deja ser él mismo sin manipularlo,

sin dominar, oprimir o someter,

ni pretender que sea distinto de lo que es.

Asumir con paz los defectos y dificultades

creyendo en su potencial de crecer,

nos ayudará a alcanzar nuevas metas,

que nos llevarán juntos a permanecer,

mirando con gran ternura y comprensión,

en una recíproca aceptación.

El verdadero amor no tiene precio. La gratuidad del auténtico amor olvida sus propios intereses, cuando está en juego el equilibrio del bienestar del amado.

EL ASOMBRO 

Solo quien sabe descubrir las maravillas que le rodea, es capaz de asombrarse.

Del asombro brota la misericordia y la justicia, el amor y la solidaridad.

El asombro sobrepasa la admiración, hasta llegar a conmoverse,

hay que pararse, contemplar, descubrir y dejarse interrogar ante tal gratuidad.

El asombro no tiene cabida en un mundo vacío y decadente,

en una cultura egocéntrica, posesiva y pragmática,

la indiferencia nos sitúa en aquel pasotismo o banalidad

que hace de nuestra vida irrelevante, anodina y vulgar

porque el punto de partida del asombro es la gratuidad.

Necesitamos una alta dosis de sensibilidad,

ternura, alegría, nobleza y pasión por la belleza,

como fundamento de nuestra humanidad.

De ahí la urgencia de fomentar estos valores,

para desarrollar la capacidad de sobrecogerse,

ante la grandeza que nos brinda la realidad.

Es tiempo de purificación de la mirada,

de afinación del oído para escuchar,

de atreverse a contemplar y descubrir 

la belleza que nos brinda la existencia,

para captar la melodía incontenible del vivir.

Hay que mirar con ilusión y aprender a conmoverse,

ante la maravilla de la naturaleza y de la fecundidad humana,

poner frescura en la persona hasta que llegue a asombrarse,

hasta que llegue a conquistar esa inquietud sana

que brota desde lo más genuino de su interior.

No dejemos pasar la belleza ni enterremos la ilusión,

porque la felicidad consiste en acoger la vida con admiración.

DÉJAME AMARTE

Aquí estoy, contemplando la escena,

sintiendo que brota en mí,

al ver el amor de María Magdalena,

deseos de arrodillarme y ungir.

Como ella quiero bañar tus pies,

deseosa de corresponder a tanto amor

postrada y arrodillada ante ti,

vuelvo a pedirte de nuevo perdón.

Quiero con mis lágrimas ungirte,

y con llantos de contrición,

en mis ansias de amarte,

sumergirme en tu corazón.

Que mis anhelos de amarte,

sea el ungüento que bañe tus pies.

Que mis deseos de corresponderte,

perfume mi ánimo para serte fiel.

Mira lo poco que soy, y aun en mi debilidad,

quiero amarte sin condición.

Te ruego, colmes mi torpe ansiedad,

pues sólo tu amor impulsa mi decisión,

y motiva mis anhelos de fidelidad.

LA FAMILIA

Partiendo de que la persona es un ser relacional

y que ninguna familia es perfecta,

 si construimos una base consistente,

es allí donde sembramos el tejido social,

el sentido cotidiano de dependencia,

horizontes donde se despliegan los afectos

y espacios de identidad de pertenencia.

Es el único sitio donde el querer

nace de los vínculos, las raíces, el arraigo…

es el lugar donde desde el nacer

se establece las primeras relaciones,

se descubren las capacidades,

se aprende a valorar los talentos,

y se ejercita el ser responsables.

Es el lugar donde se nos aceptar,

no solo con nuestras virtudes,

 sino también con nuestras carencias,

debilidades e imperfecciones,

acogiéndonos unos a otros sin reserva,

compartiendo nuestros valores,

aceptando y desarrollando las diferencias.

Por eso

Es el hogar al que siempre se vuelve,

es el lugar donde nos van a acoger

cuando menos lo merecemos,

porque es cuando más lo necesitamos;

y encontraremos las puertas abiertas

y a alguien que nos está esperando.

Allí hallaremos el recibimiento gratuito,

porque se nos admite con toda nuestra fragilidad.

Es algo maravilloso que no se encuentra fuera,

solamente en la familia ese amor es realidad.

Ese amor gratuito e incondicional,

bien merece que lo busquemos en la parábola de ( Lc 15,11-32)

el “Padre bueno” que tiene problemas para mantener el amor familiar.

LLEGASTE A MÍ

Llegaste a mi vida cuando te necesitaba

y llenaste mi alma de alegría.

Te interesaste por todo cuanto yo era

y me diste tu amor a tu manera.

Fue suficiente tu sonrisa,

la franqueza de tu mirada,

tu gesto de confianza,

para rendirme sin vacilar.

En ti descubrí una razón para amar,

una mano para enderezarme,

un hombro para apoyarme,

y una fuerza para luchar.

Me despojaste de mis corazas,

me enseñaste a aceptar mi realidad,

llenaste mi corazón de esperanza

y me enseñaste a amar de verdad.

Contigo ya no temo el mañana,

juntos asumiremos los planes,

superaremos las preocupaciones

y conquistaremos las dificultades.

Porque eres la promesa que se cumple,

los favores sin pedir correspondencia,

el apoyo ante las dificultades

y siempre dispuesto a disculparme.

Hoy sé que cuanto me preocupa

contigo es posible superarlo,

la ilusión y confianza del futuro

impulsa mi presente para amarlo.