Cada mañana al levantarme, saludo al sol al amanecer,
recibo su presencia, su frescura y me alegro al verle crecer
por el horizonte que se asoma, saludando a quien le ve.
Siento como Dios nos despierta con el fuego de la aurora
que de sus manos enciende el cielo en sombras ,
al tiempo que yo saludo al astro recién amanecido
recreándome en el placer de su regreso matutino.
Siempre doy por sentado que allí estará
a veces limpio y radiante en su cielo brillará,
o tal vez oculto detrás de las sombras de las nubes,
pero siempre siendo fiel a su cita diligente
y aunque no le vea confío en que aparecerá
como un nuevo espectáculo refulgente,
que leal, como siempre nos alegrará,
aun con la duda de sí mañana volverá.
Cada amanecer voy en busca de la alborada,
esperando ver al sol y saber que me acompaña,
alumbrando el mundo sin perturbación;
y aunque a veces se esconde, resignada
insisto verle el próximo día, con la ilusión
de saber que estará esperándome sin falta,
para susurrarme al oído sus secretos
de alumbrar y darnos calor desde el alba
hasta el término de su paso por el firmamento.

