La acogida más básica es la del amparado,
es el cobijo que cura, socorre, ayuda,
vigilia, y velar por el necesitado.
Todo ser humano debe ser acogido,
es la urgencia que nuestro mundo precisa
y que merece el respeto de un acto sagrado.
La verdadera acogida es abrirnos
a las necesidades ajenas.
No ignoremos la compasión
y la ternura que nos habita,
despertemos en nosotros
ese deseo de extender los brazos
y sencillamente acoger a los hermanos.
La auténtica hospitalidad implica generosidad,
frente a la hostilidad creciente que vivimos;
hemos de ir tejiendo gestos de bondad,
apoyo, solidaridad, y hermandad.
Este sentido de acogida no se improvisa,
se va tejiendo poco a poco en la existencia,
a través de gestos de complacencia
hacia los que nos necesitan,
sea cual sea la causa de sus carencias.
Seamos signo de fraternidad,
en un mundo roto y fragmentado
por la violencia y la indiferencia,
luchemos por una buena convivencia,
donde descubriremos lo sagrado.

El mundo humano se sostiene por la bondad.
Mientras existan personas que aman, ayudan,
compartan generosamente, se conmuevan
ante el dolor ajeno y acojan en sus vidas
las carencias fraternas, la esperanza no se perderá.
