Partiendo de que la persona es un ser relacional
y que ninguna familia es perfecta,
si construimos una base consistente,
es allí donde sembramos el tejido social,
el sentido cotidiano de dependencia,
horizontes donde se despliegan los afectos
y espacios de identidad de pertenencia.
Es el único sitio donde el querer
nace de los vínculos, las raíces, el arraigo…
es el lugar donde desde el nacer
se establece las primeras relaciones,
se descubren las capacidades,
se aprende a valorar los talentos,
y se ejercita el ser responsables.
Es el lugar donde se nos aceptar,
no solo con nuestras virtudes,
sino también con nuestras carencias,
debilidades e imperfecciones,
acogiéndonos unos a otros sin reserva,
compartiendo nuestros valores,
aceptando y desarrollando las diferencias.
Por eso
Es el hogar al que siempre se vuelve,
es el lugar donde nos van a acoger
cuando menos lo merecemos,
porque es cuando más lo necesitamos;
y encontraremos las puertas abiertas
y a alguien que nos está esperando.
Allí hallaremos el recibimiento gratuito,
porque se nos admite con toda nuestra fragilidad.
Es algo maravilloso que no se encuentra fuera,
solamente en la familia ese amor es realidad.

Ese amor gratuito e incondicional,
bien merece que lo busquemos en la parábola de ( Lc 15,11-32)
el “Padre bueno” que tiene problemas para mantener el amor familiar.
