
Me postro ante ti, Cristo llagado
y contemplando tus pies clavados
te ruego que me aceptes en tu compañía
para consolarte al poder besarlos.
Esos divinos pies ensangrentados
y cosidos a tan santo madero,
me impulsan a caminar hacia ti
con creciente abnegación y desvelo.
Si me fijo en tus pobres rodillas
magulladas por tus torpes caídas
sólo me invitan a postrarme de hinojo
y contemplar todas tus heridas.
Al contacto de tu costado abierto
sintiendo el silencio de tu corazón,
considero mis afectos y ataduras
y me urges a romper mis ligaduras.
A esas manos agujereadas por amor
quiero asirme para aprender
a ser servicio y bendición
al que demanda mi atención.
Y ¡qué decir de tu frente coronada
con esas duras espinas clavadas!
¿no se me arranca en mi interior
la soberbia de mi corazón?

Al contemplar todas tus heridas
no puedo más que agradecida
aceptar mi pecadora realidad
y acogerte con sincera humildad.
Que yo comprenda Jesús llagado
tu obediencia y eterno dolor,
pues sólo un corazón enamorado
entiende de entrega y perdón,
y la esperanza no defrauda al amor.
