
Allá, en lo más hondo del alma, donde se oculta los secretos,
habita lo bueno y lo malo, el bien y el mal,
la luz y las tinieblas, lo mejor y peor de mí existencia.
Son huéspedes innatos que ocupan mi realidad.
Son compañía y misterio, fortaleza y debilidad,
brisa y a la vez tormenta, son mi maldad y mi bondad.
Allá, en el más profundo centro, se vislumbran unas batallas
que luchan por conquistarme y dominar mis entrañas.
Es una guerra donde he de vencer al egoísmo,
a la indiferencia, la injusticia, el odio… y cualquier pasión.
He de destruir el mal de este conflicto existencial,
si quiero ser la dueña y dominar la situación.
¿Quién se hará con la victoria?
Depende de a quien alimente y vigorice,
a quien impulse y robustezca,
a quien exhorte y adiestre,
a quien sostenga y fortalezca.
Esto es tarea cotidiana, hace falta resistir.
Si se pierde alguna batalla por debilidad,
si hay fracasos y derrotas en nuestro luchar…
Cada paso dado, cada bache superado,
cada momento de éxito, hay que saber celebrar.
Lo importante es hacernos con la victoria,
el bien hemos de ver triunfar,
en ello estará nuestra gloria,
ese ha de ser nuestro triunfo final.

