Hoy vine a ti, rogando y suplicándote
y aunque no lo merecía, me abrazaste.
Me abrazaste y me besaste,
y aunque no lo entendía, me acogiste,
pues con amor eterno me creaste,
y con toda emoción me recibiste.
Yo no salía de mi asombro acongojada,
pero no había en ti acusaciones ni reproches,
pues con el fuego de tu amor me redimiste
y, aunque no lo merecía, en tu casa me admitiste.
Con lágrimas correspondo a tus abrazos
y aunque me sorprendes infinitamente,
me abandono incondicional en tu regazo,
pues hoy me acoges en tu casa eternamente.
En este encuentro donde me sé purificada
por tus caricias y abrazos de enamorado,
me siento por tu gran amor transformada,
y sólo me sale decirte: ¡Oh mi amado!
¡Qué inmensa y gratuita es tu misericordia
que no tiene en cuenta mi pecado!
(Ante la muerte de una amiga)

